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domingo, 17 de mayo de 2015

Cernuda estaba equivocado [Carta de Luis Cernuda]

"Ha sido mi primera satisfacción entera como escritor. No es sólo cuestión de vanidad, sino de verme comprendido al fín enteramente. Tuve la suerte de trabajar en soledad total, y por eso, en libertad total. Sin tener que considerar nada, ni a nadie. El resultado de ese trabajo me lo presenta en número y me lo devuelve hermoseado. No vi al escribir durante esos cuarenta años que un día tendría que dar cuenta de mí y de mi trabajo a otros. Lo guardaré con los ejemplares que llevo siempre conmigo de mis libros como el mejor testimonio de mi trabajo y de mi vida."

Así dejo escrito el poeta Luis Cernuda su agradecimiento que nunca imaginó tener que plasmar.
A muy su pesar orgulloso, Cernuda vivía en constante batalla moral e incluso sentimental con los de su época por el rechazo literario sufrido en presente, pero muy reconocido en su futuro...

Tal es así, que mereció el famoso "A mis paisanos" donde deja su personal testamento con el mundo. No podemos olvidar pues, su "Desolación de la Quimera" donde agradece a quién debía y atiza a quienes tenía deudas morales pendientes con el poeta.

Pero como decía, Cernuda estaba equivocado y la posteridad se apiadaría de él y engrandecerían sus poemas. Esos cuarenta años de escritura real y moral del poeta serían reconocidos por los más grandes cuando él ya no estuvo. Si en algo estuvo directo y acertado es cuando habla sobre el orgullo de esta ciudad y el de sus paisanos. La ciudad donde nada es como parece, la ciudad que es mejor soñar que vivir.

jueves, 18 de diciembre de 2014

"A un poeta muerto"

Como en la roca nunca vemos La clara flor abrirse, Entre un pueblo hosco y duro No brilla hermosamente El fresco y alto ornato de la vida. Por esto te mataron, porque eras Verdor en nuestra tierra árida Y azul en nuestro oscuro aire. Leve es la parte de la vida Que como dioses rescatan los poetas. El odio y destrucción perduran siempre Sordamente en la entraña Toda hiel sempiterna del español terrible, Que acecha lo cimero Con su piedra en la mano. Triste sino nacer Con algún don ilustre Aquí, donde los hombres En su miseria sólo saben El insulto, la mofa, el recelo profundo Ante aquel que ilumina las palabras opacas Por el oculto fuego originario. La sal de nuestro mundo eras, Vivo estabas como un rayo de sol, Y ya es tan sólo tu recuerdo Quien yerra y pasa, acariciando El muro de los cuerpos Con el dejo de las adormideras Que nuestros predecesores ingirieron A orillas del olvido. Si tu ángel acude a la memoria, Sombras son estos hombres Que aún palpitan tras las malezas de la tierra; La muerte se diría Más viva que la vida Porque tú estás con ella, Pasado el arco de tu vasto imperio, Poblándola de pájaros y hojas Con tu gracia y tu juventud incomparables. Aquí la primavera luce ahora. Mira los radiantes mancebos Que vivo tanto amaste Efímeros pasar junto al fulgor del mar. Desnudos cuerpos bellos que se llevan Tras de sí los deseos Con su exquisita forma, y sólo encierran Amargo zumo, que no alberga su espíritu Un destello de amor ni de alto pensamiento. Igual todo prosigue, Como entonces, tan mágico, Que parece imposible La sombra en que has caído. Mas un inmenso afán oculto advierte Que su ignoto aguijón tan sólo puede Aplacarse en nosotros con la muerte, Como el afán del agua, A quien no basta esculpirse en las olas, Sino perderse anónima En los limbos del mar. Pero antes no sabías La realidad más honda de este mundo: El odio, el triste odio de los hombres, Que en ti señalar quiso Por el acero horrible su victoria, Con tu angustia postrera Bajo la luz tranquila de Granada, Distante entre cipreses y laureles, Y entre tus propias gentes Y por las mismas manos que un día servilmente te halagaran. Para el poeta la muerte es la victoria; Un viento demoníaco le impulsa por la vida, Y si una fuerza ciega Sin comprensión de amor Transforma por un crimen A ti, cantor, en héroe, Contempla en cambio, hermano, Cómo entre la tristeza y el desdén Un poder más magnánimo permite a tus amigos en un rincón pudrirse libremente. Tenga tu sombra paz, Busque otros valles, Un río donde del viento Se lleve los sonidos entre juncos Y lirios y el encanto Tan viejo de las aguas elocuentes, En donde el eco como la gloria humana ruede, Como ella de remoto, Ajeno como ella y tan estéril. Halle tu gran afán enajenado El puro amor de un dios adolescente Entre el verdor de las rosas eternas; Porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra, Tras de tanto dolor y dejamiento, Con su propia grandeza nos advierte De alguna mente creadora inmensa, Que concibe al poeta cual lengua de su gloria Y luego le consuela a través de la muerte.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Otoño...

Encanto de tus otoños infantiles, seducción de una época del año que es la tuya, porqué en ella has nacido. La atmosfera del verano, densa hasta entonces se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi dolorosos, punzando la carne como la espina de una flor. Caían las primeras lluvias a primeros de septiembre, anunciándolas el trueno y el súbito nublarse del cielo, con un chocar acerado de aguas libres contra prisiones de cristal. La voz de la madre decía: “Que descorran la vela”, y tras aquél quejido agudo (semejante al de las golondrinas cuando revolaban por el cielo azul sobre el patio), que levantaba el toldo al plegarse en los alambres de donde colgaba, la lluvia entraba dentro de la casa, moviendo ligera sus pies de plata con rumor rítmico sobre las losas de mármol. De las hojas mojadas, de la tierra húmeda, brotaba entonces un aroma delicioso , y el agua de la lluvia recogida en el hueco de tu mano tenía el sabor de aquel aroma , siendo tal la sustancia de donde aquél emanaba, oscuro y penetrante, como el de un pétalo ajado de magnolia. Te parecía volver a una dulce costumbre desde lo extraño y distante, Y por la noche, ya en la cama, encogías tu cuerpo, sintiéndolo joven, ligero y puro, en torno de tu alma, fundido con ella, hecho alma también él mismo.

Cernuda.